Querida jovencita:Ensayé un par de veces la introducción de esta misiva



Querida jovencita:Ensayé un par de veces la introducción de esta misiva, porque no decidía de qué manera dirigirme a ti, ya que conozco tu nombre y hasta el modo en que te dice mi esposo de cariño.Elegí llamarte “querida jovencita”, en primer lugar, porque a pesar de no compartir conmigo las pasiones y cariños que compartes con él en persona, yo te siento y aprecio tu existencia.Me explico: este matrimonio de más de un lustro, se había vuelto pesado, incómodo y, al final, monótono; sin embargo, a partir de tu llegada, algo revivió, el erotismo se reactivó, la imaginación recuperó su chispa.He adivinado tu presencia en nuestra cama, mientras nos hacemos el amor, tu nombre en sus labios al pronunciar el mío, y te digo, en verdad, bienvenida seas.En segundo lugar te he dado el adjetivo de “jovencita” porque, aunque no hace mucho pisaba yo también la fresca senda de la juventud, cometí el error de cancelar a la mujer en pos de la “esposa”, de modo que al llamarte así, funciona como una suerte de espejo que proyecta de vuelta a mí el néctar de mis años bellos.
Mi carta no es, de ninguna manera, una súplica para que te retires, no es una declaración de guerra, y cuanto menos una abdicación. Es, ante todo, un agradecimiento, un reconocimiento y un pase abierto al parque de diversiones.

Al inicio, cuando todo se volvió sospecha, te confieso, me puse nerviosa, pensativa, un tanto arisca hacia mi esposo y hacia ti. Intenté odiarte y maldecir tu ser del modo en que me dijeron cuando pequeña que se debía repudiar a “la otra”.Cuando confirmé mis sospechas, y conocí tu nombre, tu imagen, algo extraño me impidió cualquier sentimiento odioso por ti. Si a caso, primero creí sentir envidia femenina por tu hermoso rostro, por tu piel, cuya palidez me hacía pensar en el poema de Luis G. Urbina, y lo recitaba para mí, pensando en ti:

Era un cautivo beso enamorado de una mano de nieve que tenía la apariencia de un lirio desmayado
y el palpitar de un ave en agonía.Y sucedió que un día, aquella mano suave de palidez de cirio,
de languidez de lirio, de palpitar de ave, se acercó tanto a la prisión del beso, que ya no pudo más el pobre preso y se escapó; mas, con voluble giro, huyó la mano hasta el confín lejano,
y el beso, que volaba tras la mano, rompiendo el aire, se volvió suspiro.Tomé un gusto inexplicable por repasar en tus fotografías, tu suave y abundante cabello, tus muslos definidos, con los primeros juegos de la seductora celulitis en ellos, tu figura delineada, tu tierna sonrisa…

Pronto, esa envidia inicial se transformó en admiración por tu particular belleza. Comprendí que no era posible comportarme como me habían enseñado en casa, porque nuestro actuar, el tuyo, el de mi esposo y el mío, era natural, hablaba de tres almas inocentes, puras, limpias de prejuicios sociales y enfermizas represiones, tres almas que no anteponían lo que otros esperan, lo que aparentan, ante lo que les hace felices a ellas.No niego tu sensualidad, porque no negaré tampoco la mía; al contrario, las festejo y las disfruto. Somos mujeres hermosas, somos alegres, entronas, por eso yo te respeto.

Aunque para algunas personas, incluso para ti, estas letras pudieran parecer una entrega de mi dignidad, sabemos bien que la dignidad no se pierde por dejar de seguir convencionalismos moralistas, sólo se pierde cuando negocias tus propias convicciones, cuando te ocultas, cuando reniegas de tus deseos y de tus pasiones.Yo no te llamaré con adjetivos denigrantes, porque compartimos el gusto por amar, un mismo destino, la belleza y sabiduría de ser mujeres.

Venero tu hechicería femenina, y no te pido que pienses o te comportes como yo, únicamente estoy, por medio de esta carta, dándote la bienvenida a esta historia que no es sólo mía, que es la de cualquier ser amante de la libertad, de no atarse por contratos, por promesas vacías, cualquier ser que dejaría la vida en la apuesta por el libre pensar y el libre sentir de quien le acompaña.Te abrazo de corazón, su esposa, tu hermana.

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